Razón y emoción

Mamá murió después de 13 años de conocimiento en primera persona de los efectos de la palabra cáncer, 9 años de pelea crónica y 6 meses de lucha feroz.

Nunca fue del todo consciente de lo que se jugaba porque decidí, conociendo su personalidad, que sólo podría ser feliz el tiempo que fuera a vivir si confiaba en que conseguiría vencer a la enfermedad (porque yo mismo llegué a creer, basado en todos los datos que iba recabando, que había una probabilidad real de conseguirlo).

Sí fui elevando el tono de la gravedad cuando convenía que entendiera lo imprescindible de seguir normas dietéticas, de ejercicio y suplementación, pero incluso el día antes de perder definitivamente la consciencia me dijo, con cansancio casi humorístico: “¡qué ganas tengo de curarme!”, como si no existiera posibilidad de que un destino diferente a ése le estuviera reservado.

También es posible que su mente le obligase a ceder al autoengaño como forma de lidiar con la incertidumbre y el aplastante estrés. Era proclive a hacerse la tonta ante algunos problemas, confiando en que estos pasasen al lado suyo sin fijarse en ella, una postura con la que yo no podía estar más en desacuerdo y debido a la cual mantuvimos algunas de nuestras más acaloradas discusiones.

Nunca sabré si hice bien o no. No puedo concebir cómo habría sido su vida si esa espada de Damocles perpetua la hubiera acechado con testarudez, pero tal vez entonces hubiera comprendido el tamaño de mi esfuerzo. Sé que os sonará quejoso por mi parte, pero vuestra madre fue la única que parecía tomar con cierto fastidio mi obsesión por investigar, que nunca pareció valorar en su justa medida el esfuerzo, a veces titánico, siempre solitario, que emprendí durante años. Como si ese empeño no fuera más que otro de los desafíos intelectuales con los que periódicamente me reto en la busca de un ideal hecho acción práctica que salve al mundo. Ella, infinitamente más ligada a hechos y al corto plazo, incapaz de entender la importancia de la estrategia a largo plazo y la racionalidad que ello exige, no podía concebir que mi objetivo fuera únicamente salvarle la vida. Las palabras rimbombantes no la asaltaban ni les concedía importancia, y tal vez fuera eso lo que también me gustaba de ella pero, a veces, hubiera deseado que brillasen en sus ojos y en sus palabras la misma admiración que he sentido en amigos, familiares y desconocidos que me escribían al correo del blog Cáncer Integral.

Un heurístico sencillo de entender, que os ahorrará muchos quebraderos de cabeza (aunque sois mujeres y, por tanto, venís de serie con un conocimiento que a nosotros nos está vedado hasta que somos adultos): las mujeres necesitáis sentiros (sobre todo) queridas por vuestra pareja; los hombres necesitamos (sobre todo) sentirnos admirados por ella. Por supuesto que nos gusta sentir el amor y a ellas sentir que las consideramos especiales en aspectos prácticos, pero la base de nuestros malentendidos tal vez radiquen en ese sencillo hecho.

Yo tampoco estuve a la altura de lo que vuestra madre necesitaba de mí. Los últimos meses ella veía un poco la tele por la noche, sola, en el salón, mientras yo permanecía en el despacho leyendo estudios o, también, viendo algún capítulo de alguna serie por internet, único momento de distracción que me permitía.

Debería haberme sentado con ella durante esas noches. Debería haber comprendido la volatilidad de nuestra vida, y que un acto menos cerebral y racional pero más visceral como cogerle la mano o, simplemente, “estar”, tal vez hubieran supuesto para ella una ayuda mayor que toda mi cerebralidad. Es el análogo a su ausencia de admiración ante mi esfuerzo: mi ausencia de emoción, creyendo que los aspectos racionales y prácticos estaban por encima de la interacción verbal y emocional durante esos breves momentos. Por supuesto que había emoción entre nosotros y compartíamos charlas de todo tipo, pero esos breves instantes del final del día podrían haber supuesto una considerable ayuda para ella.

Ambos atrapados en nuestros sexos y nuestra forma de creer abarcar el mundo. Tal vez algo tan sencillo como estar más con ella la hubiera animado a considerarme alguien más admirable, y todos habríamos salido ganando. Durante meses he pedido mentalmente su perdón, pero también me he recordado que sólo éramos dos seres humanos interaccionando en el mar de la realidad, y usando para ello las armas incompletas de nuestras virtudes y miserias.

Desde que ella murio, y a pesar de que no puedo desconectar del todo de mi forma de ser, de mi necesidad de pensar, indagar en la complejidad, relacionar y establecer hipótesis llenas de intelectualidad a la vez que de practicidad, me obligué a estar más con vosotras, no sólo porque me necesitábais más, sino porque comprendí, con la claridad que otorga la visceralidad de los hechos, no la racionalidad de las presunciones, que el presente no volverá jamás, y que el orden de prioridades se hace mucho más evidente. La juventud es el tiempo de la ambición material y los objetivos desbocados. La madurez debe aposentar el convencimiento de que no hay nada tan importante como un puñado de personas y unas pocas ideas básicas.

Asistir, en persona, en directo, a lo que sois, y a lo que os estáis convirtiendo ha pasado a ser mi objetivo principal, muy por encima de cualquier otro, incluso del material que en estos momentos me mueve: escribir el mejor libro jamás escrito acerca del cáncer, establecer combinaciones de terapias que demuestren la máxima efectividad, y salvarle la vida a miles de personas.

Cuando la realidad asalta, toda idealización previa se desvela falsa: la realidad nos derriba y no hay enseñanza más brutal que la que ella nos ofrece, y permanece grabada a fuego en nosotros: si alguna vez rehago mi vida con otra mujer, recordaré lo que he aprendido del dolor y honraré la relación con menos cerebro y más emoción. No hay borrado de los errores más definitivo que el que se solidifica con la muerte.

Recordadlo: honrad el presente, que es lo único cierto. Descubrid con quién deseais almacenar presentes, que es tanto como almacenar recuerdos, y no dejéis que nadie menor a esa idea se interponga en vuestro camino. La vida es a la vez demasiado corta y demasiado dolorosa como para dejar que personas de medio pelo enturbien los recuerdos. Sed implacables con la maldad y desvivíos ante la bondad. No deis oportunidades de más a quien no entienda estos conceptos, y aferráos a las personas que os hacen pensar que cada día ha merecido construir un recuerdo.

Usad razón y emoción, pero recordad que hombres y mujeres queremos y necesitamos cosas distintas. Buscad hombres a los que podáis admirar, porque de esa forma tendréis más probabilidades de sentiros queridas. Recordad que los hombres queremos haciendo, y que construir una casa, escribir un libro, establecer una hipótesis o diseñar una máquina es nuestra manera de deciros que queremos merecer vuestro amor; no hay machismo en este hecho sino tozuda biología y evolución.

Aunque suene ridículo, todo es cuestión de arquetipos, tan alejados de la ideología feminista radical como sólo la biología puede estar: queremos ser el héroe de la mujer que amamos. Buscad héroes cotidianos que aúnen seguridad en si mismos con bondad; capacidad de acción con sensibilidad (ahí es nada), y la vida os será más leve en uno de los dos aspectos clave sobre el que debéis decidir.

El otro es a qué dedicaréis vuestro interés laboral. Encontrad lo antes posible qué hacer con vuestra vida, construid una pasión lo más arrebatadora posible alrededor de aquello que haríais igualmente aunque no os pagasen, no importa lo que sea, apostad por ello con toda vuestra fuerza, y habréis resuelto la incógnita de la única otra ecuación sobre la cual importa decidir.

¿Veis qué fácil es la vida cuando ya la has vivido? Ahora sólo queda que, cuando lo leáis, este conocimiento traspase vuestra epidermis, algo que no ocurrirá con toda probabilidad, porque nunca ha sido posible comprender con la mente lo que el corazón aún no ha vivido.
Pero no pierdo la esperanza de que, al menos, os ayude a equivocaros con mayor elegancia y aprovechamiento y que las enseñanzas de esos errores sean más útiles y duraderas.

Vuestro padre, que os quiere

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