Dicen que nuestra patria es la infancia. De ser eso cierto estoy bien jodido, aunque eso explicaría muchas cosas: mi infancia fue un lugar bastante triste, protagonizada por un crío que no dejaba de darle vueltas a la cabeza; un lugar lleno de preguntas sin respuesta.
En mi adolescencia y juventud sentía que Avilés, mi ciudad, era una prisión donde algo se pudría, pero mis circunstancias personales me impedían pensar en serio en largarme a otro país. Sé que si ahora volviera atrás nada me hubiera detenido, porque lo que parece decisivo en ese presente en que las ideas son consideradas, se vuelve menos vital tras el tamiz que el tiempo impone y hubiera tenido la fuerza de dejarlo atrás sin remordimientos. Ya por entonces tenía sueños bohemios en donde París o Nueva York acogían mis incipientes necesidades artísticas, aunque sabía que los bohemios actuales, para ser auténticos, deberían vestir ropa barata comprada en Carrefour , y no modelos cuidadosamente preparados para aparentar una bohemia chic y bastante esnob.
Cuando por fin me largué de Avilés, con una mano delante y otra detrás, conduciendo un Renault 5 color banana de segunda mano, cargado con lo poco que tenía en la vida, sentí que una carga silenciosa de una tonelada se desprendía de mis hombros. Ni siquiera los meses que pasé malviviendo durante la tarea de recomenzar, a una edad donde la mayoría empieza a recoger los frutos de un esfuerzo de años, perdí de vista mi determinación ni tuve un atisbo de nostalgia.
Más de 10 años después estoy, profesionalmente, más o menos donde quería estar: cobrando un buen sueldo por hacer un trabajo que por entonces era casi mi ideal, dueño de una empresa que tal vez pueda dar grandes frutos… y aburrido una vez que lo he conseguido. Con la vida lejos de considerarse resuelta pero con un bagaje personal que me permite contemplarla desde una atalaya levemente distinta a la de la mayoría de personas que conozco. Apartado lo suficiente de ese bloque impreciso que todos denominan normalidad como para establecer juicios de valor que no sé si serán correctos o erróneos, pero desde luego sí diferentes a la de la mayoría de personas.
Ahora, visitar mi ciudad (mi pueblo, en realidad), es un ejercicio de tranquilidad y calma. Frente a quienes reniegan por completo del lugar donde han nacido, llenos de esa capacidad para la generalización maniquea que sólo las mentes estrechas poseen; llenos también de una especie de vergüenza que sólo significa que están lejos de poseer ese cosmopolitismo del que tanto se jactan, Avilés es ahora para mí el lugar al que regreso para reflexionar.
De igual forma a como uno acaba por reconciliarse con el padre con el que ha mantenido trifulcas encarnizadas a lo largo de muchos años, mi odio por Avilés se ha esfumado. Se ha transformado en esa ternura triste que experimento al comprobar la degeneración física de mis padres, cuando la distancia me hace percibir con mayor agudeza las sutiles transformaciones que se producen en ellos. De igual forma a como me pregunto “¿En qué momento pasé a convertirme en el padre de mis padres? ”, también me pregunto “ ¿Cuándo dejó de caerme mal Avilés? ”. La respuesta es: cuando dejé de soportar Madrid y llegué a encontrarla sucia, vulgar, ofensiva y fundamentalmente hortera.
Me encanta viajar, pero las circunstancias me impiden ser un auténtico viajero y me obligan a ser un simple turista. Siempre pensé que vivir en un pueblo limitaría mis expectativas vitales, que sería como recluirse en un espacio asfixiante mientras en el mundo sucedían cosas que me estaría perdiendo. Pero tras vivir en Madrid comprendo que no conozco una ciudad más paleta, a pesar de la gente estupenda que me he encontrado en ella, generalmente procedentes del extranjero o de otras partes de España.
La globalización permite que, no importa dónde vivas, puedas plantarte sin problemas en otro lugar, en un tiempo tan corto o largo como en cualquier otra parte de España. Y, el resto del tiempo, lo único que importa es lo único que siempre ha debido importar: seres queridos y calidad de vida, sobre todo si tus gustos son muy sencillos (libros, cine, arte, cenas, deporte, pasear y viajar). Mis necesidades de reconocimiento persisten. Mi ambición sigue siendo enorme, pero la vida ha terminado por atemperarla un tanto, tras obligarme a esas periódicas inmersiones en la gélida realidad brutal del dolor, y ha marcado a fuego en mí la certeza de que Marco Aurelio tenía razón: pronto seremos humo y polvo; nuestra existencia se limita a un continuo suceder de presentes donde el pasado sólo vive resguardado tras unas pocas neuronas y el futuro es, literalmente, mentira.
A partir de un número determinado de habitantes, uno puede encontrar lo que necesita en casi cualquier lugar donde viva. No me gusta la ópera, así que el resto puedo encontrarlo en ese corto triángulo formado por Avilés, Gijón y Oviedo. Y Asturias es un lugar tan bueno como otro cualquiera para hacer escapadas esporádicas a donde el tiempo y el dinero me permitan.
Diferente es el asunto de vivir en otro país, algo que mis circunstancias personales difícilmente me permitirían en estos momentos, aunque nunca llegaré a descartar del todo esa idea. Creo que fue en el 2005 cuando me planteé seriamente la posibilidad de largarme a Nueva York, concretamente a Williamsburg, en Brooklyn, un barrio lleno de lofts de alquiler barato donde artistas de toda índole y procedencia se hacen sus pajas mentales con mayor o menor fortuna. Quería hacerme de nuevo el bohemio, de la forma a como se entendía cuando se inventó el término, esto es: pasando penurias y vistiendo ropa de grandes almacenes, sin permiso de residencia ni mayor plan que la aventura que ello hubiera supuesto, hasta que la vida me hizo replantearme, de forma dramática, esa decisión. A veces pienso qué hubiera sucedido en ese caso, lo que hubiera supuesto para otra persona, a quien esa decisión habría afectado también de una manera muy profunda. Pero esos pensamientos-trampa deben descartarse lo antes posible, porque son arenas movedizas mentales, pozos de reflexión estériles que no conducen a nada.
Estoy convencido de que, una vez que consiguiera regresar a Asturias, podría viajar más. Podría tener acceso a cosas que ahora mismo me están vedadas. Y podría, sobre todo, poseer el mar cuando quisiera: ese frío y solitario mar invernal que, paseado lentamente mientras la arena se despedaza bajo mis pies, me permite reflexionar como ninguna otra cosa en la vida.
Todos estos pensamientos serían válidos incluso aunque Avilés siguiera siendo lo que fue en los años noventa: una ciudad postindustrial deprimida tras una brutal reconversión. Los años en que Ensidesa había permitido su espectacular crecimiento y atraído una inmigración torrencial habían pasado. Por primera vez en su historia, Avilés comenzaba a perder habitantes por ser el lugar con menor índice de natalidad del mundo (sí, del mundo). Con una ría negra y enlodada limitada por un paseo apestado por olores a brea y carbón. Con un perenne humo negro vomitado por un skyline de hornos y chimeneas que amedrentaba con su visión a los posibles visitantes que transitaban la autopista y, casi siempre, decidían evitar entrar en la ciudad. Con una actividad cultural limitada por su peso industrial y una desesperanza que parecía palparse. Nadie conocía su casco histórico, lleno de singularidades urbanísticas únicas, ni sus edificios y calzadas románicas, ni sus soportales continuos y llenos de originalidad, ni el Parque del Palacio de Ferrera, uno de los más bonitos de España.
Hasta hace pocos años, lo único por lo que destacaba Avilés era por su Antroxu (el carnaval), que era famoso en todo el cantábrico. Recuerdo algún lunes de carnaval donde, literalmente, era imposible moverse por ninguna calle de Avilés, tal era el gentío que la invadía, y sólo llamaban la atención quienes cometían el garrafal error de no disfrazarse. Los años en que me disfracé de Martirio y de Martina Navratilova (cinta en el pelo, peluca rubia de remera del Volga, faldita plisada monísima, raqueta de badmington porque pesaba menos, maquillado por mi hermana como en un anuncio de Esteé Lauder, con pestañazas de Sara Montiel) llegué a casa con las nalgas moradas a causa de los pellizcos (que me daban, fundamentalmente, hombres), porque me era imposible saber de dónde provenían las manos para poder asestarle un raquetazo al desesperado de turno. Pero ni eso duró lo suficiente. El gran Tinín Álvarez Areces, ese ser político que tiende cada vez más a la esfera, consiguió, como siempre, llevárselo todo a Gijón y, hoy en día, el carnaval de Avilés, pese a seguir congregando a bastante gente, es tan sólo una mediocre sombra de lo que fue.
Hasta que, poco a poco, algo comenzó a suceder. A finales de los noventa del siglo XX y principios del nuevo siglo la realidad dictaba que Avilés, como tantas otras ciudades sometidas a las reconversiones, debía reinventarse. Y dicha reinvención pasaba, obligatoriamente, por orientarse a los servicios. Afortunadamente, algún político consintió levantar la cabeza para ver más allá de sus narices y comprendió que las palabras clave eran tecnología, turismo y cultura.
Desde hace algunos años los hoteles han comenzado a brotar cono hongos. En mi juventud, durante años, sólo hubo uno. Ahora hay unos diez, uno de los cuales es el del Palacio de Ferrera, habilitado por la cadena NH en pleno ayuntamiento, de cinco estrellas, categoría especial. Siempre que visito Avilés y tomo un café en alguna terraza asisto a las manadas de turistas que siguen a sus guías con bondadosa servidumbre. Casi siempre turistas interiores, españoles, pero cada vez más ingleses y alemanes, turistas con dinero que buscan una experiencia alejada de la masificación y la barbacoa humana. Y, tarde pero reveladoramente, también bastantes inmigrantes sudamericanos, europeos del este y africanos que han decidido vivir en la villa.
Las iniciativas culturales y lúdicas se han venido desarrollando de manera continua pero constante: La comida en la calle, El certamen internacional de Comic Villa de Avilés, que ya tiene un fuerte prestigio internacional o El certamen Intercéltico que reúne a grupos celtas de música y baile de todas las regiones celtas, desde Galicia hasta Normandía o Escocia. El urbanismo comienza a tomar conciencia de su importancia: la ría se ha saneado y hay ya un pequeño puerto deportivo flanqueado por un paseo más que decente.
Pero lo que por fin ha conseguido que Avilés despegue en el panorama cultural, tecnológico y turístico tiene un nombre propio: Oscar Niemeyer , el perenne arquitecto brasileño de, aproximadamente, 300 años de edad, creador de la ciudad de Brasilia.
No recuerdo con exactitud los detalles de la historia, pero creo que todo surgió durante la visita en la que se le concedió el premio Príncipe de Asturias. A saber cómo demonios fue posible que se planteara siquiera construir en Avilés en vez de en Gijón, la niña bonita de los políticos del Principado, auspiciados bajo las grandes ubres de Tinín, pero creo que hubo un tenso debate. Al final, cuando me enteré de que nada menos que Niemeyer iba a construir en mi villa me pellizqué para ver si estaba soñando.
Lo que sucedió después fue el torrente típico que todo político despliega cuando se le da el cascarón adecuado: al igual que con el Guggenheim de Bilbao, destinado a revitalizar una ciudad también industrial e igualmente deprimida por la reconversión, primero fue el continente y, a partir de él, se están inventando a marchas forzadas toda clase de contenidos. Y bienvenidos sean.
Por la misma época, y atraído igualmente a la región tras concedérsele también el premio Príncipe de Asturias, Woody Allen se plantó en Avilés junto a Scarlett Johansson , Javier Bardem y Penélope Cruz un día que puso patas arriba la ciudad. Filmó algunas escenas del Parque de Ferrera para el pestiño Vicky Cristina Barcelona , ese panfleto turístico pagado por una manada de diputaciones provinciales, y puso a Avilés en el mapa mundial aunque nadie fuera consciente de ello.
De esa conjunción entre el Centro Niemeyer y un Woody Allen al que hincharon a fabes y sidra, sabedores de que un estómago contento provoca una toma de decisiones generosa, nació una idea más ambiciosa, que pretendía aprovechar el tirón que un cúmulo afortunado de circunstancias había conseguido. Un conjunto de iniciativas culturales que me dejan bastante sin aliento y que no acabo de creerme puedan estar sustentadas en una villa que podría ser un barrio de Móstoles.
Kevin Spacey apareció para promocionar el acuerdo firmado con el Centro Niemeyer y atender a un grupo de chavales. Esa unión entre el Old Vic de Londres y este pedazo de poblacho me hace sonreír, pero de felicidad, claro está.
Brad Pitt se dejó caer por Avilés para mezclar su carrera de cineasta con su afición por la arquitectura y otra vez nos puso patas arriba. En la televisión, un Pitt con barba de chivo y gafotas negras que parecían de buceador, se dejaba fotografiar sonriente y amablemente con un rebaño de chavalas que intentaban no mearse en las bragas. Mientras, el periodista trataba de encontrar el sabor local y enfocaba a una adolescente que llamaba a su madre para contarle que, esa mañana, al salir de casa ¡Se había encontrado con Brad Pitt! Hala, así, como el que encuentra un billete de cien euros y no acaba de creérselo “ ¡Mamá! ” –gritaba, a puntito de la crisis histérica- “ ¡Que acabo de fotografiarme con Brad Pitt!… ¡Que sí, que te lo juro, que ta en Avilés, no ye broma!… ¡Jo!, en persona ye precioso… ¡¡Precioso!! ”.
Hay un tercer elemento en juego: el teatro Palacio Valdés, una joyita arquitectónica que se salvó del derribo hace unos quince o veinte años, cuando por fin alguien tuvo la vergüenza de rescatar del olvido un edificio de casi cien años y se pusieron a rehabilitarlo (la casa de mis padres no está lejos: cuando era un crío mis amigos y yo nos colamos en su interior, y nunca olvidaré el patio de butacas desvencijado, la platea llena de maderas, el piano de cola herrumbroso… y a mi amigo Bernardo que hundió con su peso un trozo de suelo de madera podrido por la humedad y el tiempo y casi nos da un serio disgusto).
Desde su reinauguración, el teatro ha sido un referente en España. Numerosas compañías han comenzado sus giras en él. Así que, de la mezcla de esos tres elementos: cine, teatro, centro cultural Niemeyer, salió Sam Mendes , que recientemente se dejó caer por la villa para hablar de la obra de teatro que en breve va a representar: La Tempestad , de Shakeapeare, con actores como Stephen Dillane entre ellos.
El centro internacional de cine, auspiciado por Woody Allen, puede ser algo increíble sólo con que cumpla la décima parte de lo que promete. Qué grande hubiera sido si hubiera existido por la época en la que dibujaba los storyboards para los cortometrajes de un par de amigos directores de cine. Cuántas oportunidades pueden abrirse con su patrocinio para los talentos jóvenes de la región, destinados a emigrar a Madrid o esperar a la jubilación para poder dedicarse a lo que les gusta. Qué terrible es la lotería del nacimiento, que impone su lastre a quienes han nacido en un pueblo de Serbia mientras eleva a los altares a mediocres nacidos en Nueva York. Las oportunidades no deben regalarse, pero deben ser visibles para que los mejores, vivan donde vivan, tengan los recursos que tengan, puedan aprovecharlas.
El día 24 de agosto, Woody Allen presentará en Avilés, en exclusiva mundial, su nueva película: “ Conocerás al hombre de tus sueños ”. Se supone que la segunda etapa de mis vacaciones termina el 22, pero a lo mejor me las apaño para prolongarlas un par de días o tres y poder asistir (después de años disfrutando sólo una semana y con el teléfono abierto incluso en el extranjero, para que el puto psicópata de mi socio no destruyese la empresa, por primera vez me voy a coger un mes entero. Más que nada por aquello de vivir, que son dos días).
Tal y como puede leerse en la página oficial del centro: http://www.niemeyercenter.org el número de personalidades que han estado y estarán presentes promete que esto no ha hecho más que empezar: Wole Soyinka, Vinton Cerf, Youssou N’Dour, El Guerrouj, Paco de Lucía, Carlos Saura…
Además, se están firmando acuerdos con el Bridge Project y el Carnegie Hall y se ha presentado en Shanghai y en Cannes. Me pregunto cómo surgen estas bolas de nieve que arrastran voluntades y personalidades tan diversas y dispares. Pero todo es empezar y, por ósmosis, por simpatía, por costumbre, puede llegar el día en que la palabra Avilés se halle unida a la palabra Cultura en el imaginario colectivo mundial, de una manera como no podríamos haber imaginado ni siquiera en nuestros sueños más húmedos.
Y la última pata de esta tríada la constituye la isla de la innovación, que terminará de transformar la ría desde el vertedero que fue al espacio multicultural y casi galáctico que se prevé: porque nada menos que Norman Foster será el encargado de llevarlo a cabo. Lofts a pie de ría, similares a los canales holandeses, oficinas domóticas donde se dará prioridad a empresas tecnológicas, que ya son un filón en Asturias, espacios de ocio y deporte que contarán con zonas verdes integradas en perfecta armonía. Tanto la isla como el centro se ven desde la casa de mis padres. Y se supone que podrá ser una realidad de aquí a cinco años.
¿Llegaré a verlo, llegaré a vivir en ese espacio donde no sólo tendré una plataforma idónea desde la que salir al mundo, sino que será un lugar privilegiado que el mundo visitará? ¿Llegaré a ver transformada la ciudad negra y humeante de mi infancia en una luminosa y culta nueva Atenas?
Y yo qué sé. La vida te enseña a no planificar nada con excesiva antelación. Pero espero que sí.
August 3rd, 2010
Somos cinco personas, reunidas en casa de unos amigos para ver la final del mundial. Aún no me creo que podamos llegar a ser campeones del mundo. ¡Y de fútbol! Y lo que me deja aún más sorprendido es ver a Alfredo, siempre tan sobrio, vestido con una camiseta de la selección, con una bandera del tamaño de una puerta encima del televisor, con un par de velas encendidas y con una ristra de ajos colgando de la pantalla. Su sentido del humor es tan grande como original, pero no me esperaba esto. Aunque yo mismo estoy bastante nervioso, tanto como sólo esta cosa extraña donde once tíos le disputan a otros once un balón puede producir. Me acuerdo de la suficiencia con que miro cada domingo los arrebatos de los futboleros acérrimos y por fin comprendo lo que sienten. No sólo eso, sino que me he sorprendido a lo largo del mundial diciendo cosas como “ doble pivote ”, o recitando como un loro la alineación titular, de igual forma a como mi padre recitaba otras que a mí me dejaban frío, con esa frialdad de esnob que mira con cierta absurda superioridad a los excesivamente futboleros.
Lo curioso es que yo jubaba bastante bien al fútbol cuando era un crío. Primero de portero (y de los buenos, a pesar de ser tan bajito por aquella época) y luego como centrocampista ofensivo. Supongo que me aburre ver en vez de participar, porque hoy en día sólo disfruto con algún partido donde el placer estético del buen juego esté asegurado, y eso sólo se produce en partidos donde participe La Roja, el Barça o el Arsenal.
Lo que tampoco es normal es el champán que Alfredo sirve: parece la orina de Dios, porque sabe a gloria y entra como agua bendita. Para cuando comienza el partido tengo ya instalada en la carita una sonrisa beatífica.
A los cinco minutos de comenzar el partido me relajo, porque de nuevo parece ser la historia de siempre: once españoles que dominan porque saben a lo que juegan, cuya brillantez surge de un talento tan cerebral como artístico. Enfrente, unos tíos que visten de naranja pero no parecen holandeses sino, de nuevo, paraguayos o suizos: defensivos, destructores, carentes de imaginación. Y a los veinte minutos, cuando comienza el baile de artes marciales de Van Bommel y De Jong me sorprendo llamando hijos de la gran puta a esos dos. Van Bommel tiene aspecto de someter a sistemáticas palizas a su madre enferma, y De Jong le practica a Xabi Alonso una traqueotomía de urgencia que nadie le ha pedido, sólo que a la altura del esternón. Supongo que es familiar de Van Damme. Y el árbitro que se va a recoger amapolas a los campos de Surrey. Para entonces ya me he acordado de todos sus familiares, mientras los demás permanecen tan calmados que parece que hubieran ingerido formol. Salvo Alfredo, claro está, cuyos aspavientos y nerviosismo a lo largo de todo el partido me hace comprender hasta qué punto es verdad eso de que nunca conoces del todo a alguien por muchos años que lo trates. Y es un partido de fútbol el que logra que me muestre una faceta en él que desconocía: llama cabrones a los holandeses, se tira de los pelos, arroja cojines al suelo, se va a pasear, vuelve mientras se amasa las manos. Parece un actor italiano en una película neorrealista de los cincuenta. Lo que hace el fútbol.
Cuando Robben se escapa y se queda solo frente a Casillas, todos dejan escapar un: “ Se acabó ” y un “ a tomar por culo ”. Pero yo me quedo extrañamente tranquilo. De alguna forma sé que Casillas la parará. Os juro que el pulso no se me aceleró lo más mínimo. Y, por supuesto, la desvía con el escaso margen de un piececito que estaba por ahí como el que no quiere la cosa y que valió una copa del mundo.
Quedan unos minutos para el final y tengo un mal fario: los holandeses saben que lo suyo era cerrarse, esperar una contra o, si todo falla, llegar a la tanda de penaltis aferrados a un cerocerismo de cattenaccio italiano. Me veo otra vez en la lotería de los penaltis y maldiciendo la mala suerte perenne que nos acompaña en todo lo que a futbol se refiere. Pero, de pronto, Navas roba un balón casi en el área española y echa a correr. Y de nuevo os juro que supe que sería gol. Lo supe. Creo que hasta dije: “ Ahí está ”. Ví cómo Navas avanzaba, con aspecto y cadencia de canario Piolín, igual de pequeño, cabezón y tocacojones. “ No la pierdas, por tu madre. Pásala. Navas, pásala. ¡Que la pases, joder!” Y va, y la pasa. A Torres, creo, que intenta por primera vez centrar a Iniesta, que está sin marca, tan solo como Corea del Norte en medio de Asia. Un defensor holandés la intercepta, pero muy débilmente: supongo que tiene los plomos fundidos después de tantos minutos de Tae Kwon Do y se la deja a los pies a Cesc. Y entonces todos nos medio levantamos, y gritamos “ ¡A Iniesta! ” Y va y se la pasa a Iniesta. Se me para el corazón. El puto Jabulani bota y yo rezo para que ese bote no permita que el defensor que lo ha dejado solo tenga tiempo de raccionar. Prepara la pierna. Va a ser gol. Sé que va a ser gol. Empalma un tiro cruzado. Y es gol.
¿De dónde me salió el grito que dí después? La leche, no lo sé, pero creo que las paredes temblaron. Fue un “¡GOOOOL!” que grité como si en los pulmones tuviera un compresor industrial. Como el que escucho cada domingo en los bares mientras bostezo. Con la misma intensidad telúrica y concentrada. Luego recordé que me puse a dar botes y, creo, hasta me arrodillé con los brazos en alto. ¿Ése era yo? Al parecer sí. Me levanto, se rifan los abrazos, hacemos el corro de la patata, estamos a punto de bailar una conga. Pero aún faltan unos minutos, que me paso de pie y tratando de que el corazón no me salga por la boca. Demonios, qué emoción.
Pitan. Fin. Somos campeones. Y aún no me lo creo.
Comienzan los pitidos fuera. Pasa un tractor empapelado con la bandera de España y un rebaño de borrachos encima, que a punto están de arar los laterales de los coches aparcados. Alfredo sale a la ventana y se pone a dar gritos. Éste no es Alfredo, lo han poseído. Los demás comenzamos a bajar a la tierra y, de paso, nos bajamos también el resto del champán. Una nube de vapor etílico se me instala en la coronilla: he conservado el medio pedo hasta entonces, y pretendo mantenerlo o aumentarlo.
Hemos visto el partido en canal plus. Alfredo vuelve y dice que ha hablado por teléfono con un amigo que le ha comentado que, en tele 5, Iker Casillas le ha plantado en directo un morreo a Sara Carbonero. Sí, desde luego es la guinda ideal, el momento justo para que este par de pibones cierren las bocas de los envidiosos que jamás sabrán lo que es ligar con un pibón y conciben la vida como un juego de mezquindades. Aún no he visto el beso pero espero que haya sido afectuoso y tierno. Al día siguiente compruebo que lo es, y lo ha dado un hombre que no tiene miedo de mostrar sus sentimientos en público, de llorar después de haberse mantenido firme frente a las críticas y hacer lo que debía con entereza. La noche se llena de adjetivos ingenuos y rotundos: unos chavales que no van de divos se dedican a jugar con talento, rodeados por karatekas que pretenden impedir antes que proponer, y vencen. Un par de amantes cuyo único delito es pertenecer a mundos complementarios se niegan a ceder ante los especuladores de las noticias y le plantan un sopapo a ese mundo seboso después de demostrar con hechos de qué pasta están forjados. Es como si, por un momento, el mundo girase engrasado por maneras y valores que durarán apenas unas horas. Aunque sepa que esa alegría no podrá aliviar el hambre ni la guerra, la rutina ni la contradicción de nuestras vidas inundadas de gris, que no llevará a los pobres de sudáfrica a un lugar más justo ni suplirá sus carencias con algún tipo de don, creo que tampoco hará mal a nadie, y una celebración donde la alegría manda nunca quita, siempre consigue aportar algo que tal vez, en otras circunstancias, permanecería inexplorado, oculto, enmohecido al no poder ser disfrutado.
Cuando salimos a celebrarlo me pregunto: si esto sucede en una villa como Avilés, de apenas 85.000 habitantes, ¿Qué no pasará en el resto de España? El alcohol aún me permite reflexionar que sólo el fútbol logra algo semejante, algo que ningún otro acontecimiento puede conseguir, que ningun suceso puede provocar. Y que por mucho que me aturda y me repela yo también estoy participando en ello, con una alegría como no sentía en bastante tiempo. Además, lo que sesenta años de políticas de toda índole no ha conseguido lo ha logrado un equipo de fútbol: que la bandera de España no refleje la pertenencia a una tendencia política concreta, algo impensable en cualquier otro país del mundo, sino que por fin sea el símbolo de una pertenencia mayor, más cívica, con menor sentido político y mayor sentido emocional.
Al día siguiente, no obstante, mis amigos de Intereconomía volverían a aparecer con sus peinados pijos de sota de bastos a gritar con histeria que España se rompe y que el apocalipsis se acerca. Y volverían a impostar ese aire de cosmopolita desenvoltura de hombre de mundo con sonrisilla, que tanto abunda entre inversores de postín y que he tenido que imitar tantas veces al hablar con ellos mientras al tiempo controlaba las arcadas. Además, suelen comenzar sus intervenciones con un “ Si me permite, querido amigo, me gustaría decir… ”, acogen los chistes con risita de quien sabe que, en el fondo, nada es tan gracioso, y exhiben sus corbatas como si llevarlas fuera casi una obligación moral. Son una panda que me produce gran placer y momentos cómicos, sobre todo cuando se enfadan y ponen caras descompuestas y preocupadas, las de quienes tratan temas de extraordinaria importancia y además lo hacen con un descacharrante sentido del deber, como una pesada carga moral que nadie más tuviera las agallas de abordar. Me lo paso pipa con ellos.
Pero volvamos a esa noche de la final. Somos nueve o diez y nos hacemos fotos con las banderitas haciendo el pase torero, con la bandera a modo de burka, con la bandera como un senador romano, con la bandera ondeante y la cara seria mirando al infinito, con la bandera a modo de dodotis, con la bandera…
Mientras compruebo que ya tengo un buen pedo encima, acelerado por un cuerpo que ya no tiene costumbre de procesar alcohol, consigo tener, no obstante, uno de esos momentos zen que todo borracho conoce: antes de que la inconsciencia del alcohol haga de las suyas me sumerjo en una burbuja donde no existe nada más que mis recuerdos y yo. Por un momento me siento extraordinariamente solo, rodeado por cientos de personas en un local donde una música absurda y estúpida machaca los oídos y todo el mundo demuestra que es feliz o intenta serlo. Todo se desconecta y me remonto a otro 11 de julio donde ninguna final se jugaba, tan sólo la mía. Recuerdo, siento de nuevo, concreto en la memoria un rostro que era presa de una feroz belleza, me emociono. Trato de que todo lo que de bonito ha supuesto ese día en la memoria colectiva se traslade a ese momento individual y quede impreso, impregnado, marcado por los mismos sentimientos. Supongo que a eso se le llama rezar sin Dios, de una manera laica, como tratando de que algo imponga un punto de inflexión y cambie unos sentimientos por otros, como en un canje astral. Tal vez en otro lugar haya quien haya hecho lo mismo, quien haya permitido que el pasado se deslice por una pendiente donde haya muchos filtros esperándolo: los de la alegría, la ternura y el perdón. Durante un instante deseo intensamente que así sea, y casi profiero una especie de Amén .
No me fui a casa muy tarde, pero lo hice con un leve zigzagueo. Me lancé sobre la cama como quien busca guerra, pero sólo encontré la paz del colchón. Esa noche dormí como un bendito. A lo mejor lo estaba. Por fin me sentía, otra vez, después de tanto tiempo, a punto para afrontar lo que hubiera de ser, lo que la vida tuviera a bien tramar. De nuevo física, psicológica e intelectualmente preparado, con la misma ingenuidad de siempre, con el mismo escepticismo de siempre, para intentar ser feliz.
July 26th, 2010
Me voy un par de semanas a Asturias (las playas de Salinas y de Llanes, las noches de Avilés y, sobre todo, de Gijón), así que debo publicar este post antes de la fecha que le corresponde, que sería el 11 de Julio de 2010.
Bonita fecha: al acontecimiento de la final de un mundial de fútbol, donde España puede proclamarse campeona, se añade un aniversario privado. Hasta me he enterado de que también ocurrirá un eclipse total de sol que podrá verse en el sur del océano Pacífico. A pesar de no creerme supersticioso, siempre he percibido en las coincidencias un trasfondo que comunica algo, aunque no sé qué. Pero supongo que sólo son intentos irracionales por que la vida sea un poco más de lo que realmente es.
He actualizado el diseño de mi web y de mi blog, tras más de cinco años sin cambios. Es una buena fecha para avanzar, para no quedarse estancado.
En ese autorretrato de la página principal luzco una seriedad que resulta terriblemente cómica. ¡Por favor! Ese rostro entre atormentado y arrogante, tirando dramáticamente de una camiseta que parece asfixiarme. ¡Qué trascendencia, amigo!, ¿tienes fatiga intelectual, colega? En ese halo florido que me he dibujado soy como un Cristo de Medinacelli o un San Sebastián al que están a punto de llenar de flechas. Parece la peineta de Martirio. Dan ganas de ponerle a San Pancracio una vela-vibrador, porque hay algo en el diseño que mezcla lo religioso con lo gay. En cualquier momento comenzaré a recibir emails de musculocas desesperadas y cortas de vista pidiéndome una cita. Bueno, mientras me traten con cariño…
No sé si se entenderá el carácter irónico y autoparódico. Había pensado añadirme una flecha de ventosa pegada a la frente, pero echaría por tierra el resto del diseño y resultaría un pelín chabacano y evidente. También estuve a punto de añadir, debajo de " Portfolio de Alfonso Fernández ", la frase " Apóstol del diseño ", pero hay quien creería que lo digo en serio, y pensarían que estoy más chiflado de lo que ya sé que estoy.
En fin, a mí me gusta: mezcla el barroquismo de la home con la sencillez del resto, que va al grano. Nadie más tira voladores con ella, pero me es indiferente. Desde luego prefiero hacer un diseño más bien grotesco a uno aburrido.
Respecto a los trabajos: gran parte de ellos desaparecen, algunos cambian, pocos he añadido. El tiempo todavía no ha determinado si lo nuevo que añado es digno o sólo menos antiguo, así que muchas de las cosas que he hecho a lo largo de estos años se quedarán en su carpeta. Logotipos, tres caricaturas, alguna web testimonial: a eso se limita la novedad. Las webs que he hecho están llenas de balances de gestión y tablas corporativas. Poco espacio para la web 2.0 ha habido últimamente en los encargos que me han hecho, por lo tanto los nuevos trabajos en web se quedarán sin ver la luz del sol. Con el tiempo intentaré ir añadiendo cosas que los meses certifiquen que no provocan arcadas. Los nuevos cuadros que voy pintando aún necesitan permanecer en la despensa hasta que el tiempo determine si deben ser mostrados o bien quemados y arrojados por un acantilado.
Las nuevas caricaturas sí están trabajadas (aunque ese experimento en la de Sean Penn…) y van mostrando un estilo propio a la vez que me dejo de monsergas y voy a lo comercial. Hay que dejar que el tiempo y la práctica certifiquen si de verdad tengo estilo o sólo pretensiones y lo vayan despojando de cosas sobrantes y dando una mayor síntesis, una mayor economía de líneas y trazos.
Todo cambio supone un desprendimiento: de lo que ya no sirve, de lo que nunca debería haberse mostrado, de lo que ya no tiene sentido mostrar, pero también de lo que ha sido muy importante pero hay que desechar o la vida jamás avanzará.
Puntos de inflexión: de esa manera deben verse las fechas importantes, esas celebraciones anuales de acontecimientos catalizadores del pasado. Lo que significaron en su momento debe aprovecharse para seguir avanzando cada año. Usar ese impulso para hacer algo que resulte fértil. Quiero que el tiempo certifique que he ido a más, que cada día me asemejo más a quien me propuse ser hace ya muchos años. Que ningún adjetivo del pasado me impondrá una definición: sólo mis actos lo harán.
Esas celebraciones privadas son hitos marcados internamente que nunca podrán ser olvidados. Sólo puedo olvidar o desprenderme de aquello que comprendo. Mi mente no se detiene nunca hasta conseguirlo. Por eso hay acontecimientos que me perseguirán siempre, pues nunca podré saber del todo qué sucedió. Pocos, afortunadamente, porque suponen una tortura que periódicamente me asalta y no cesa. Sobre todo porque el tiempo determina su importancia, lo que hubieran supuesto de haber actuado de otra manera. No importa que los hechos mostrasen que todo fue mejor así, porque un resquicio de la mente se empeña en imaginar combinaciones posibles de comportamientos y recrea futuros alternativos que pesan una tonelada en la imaginación y abruman.
En una vida sólo hay una docena de puntos de inflexión. Apenas más. Esas encrucijadas en las que uno permaneció detenido y debió tomar decisiones. Y, de esa docena, casi ninguna pesa en el recuerdo: se tomaron y punto. Se apechuga con las consecuencias, se sigue viviendo, se abandona un lastre que sólo es peso mental y nada aporta. Pero, a veces, un par de decisiones se enquistan en la mente. Lo que uno hizo y no hizo en ese par de momentos decisivos se recuerda e impone una dolorosa e incesante sensación de impotencia.
Mataría a Dios por regresar y dejarme ir, eso bien lo sé; pero, a la vez, sé que los sucesos posteriores certificaron que pasó lo que debía haber pasado porque, de otra forma, jamás me lo hubiera perdonado. Toda esa contradicción es humana y tan frecuente como las personas, aunque pocos la reconozcan. Quien busque pureza que acuda a la vida de los santos, los únicos que sí están hechos de una sola pieza (junto con Charlton Heston). No importa que uno certifique la clase de hombre que es, porque su interior seguirá rezumando contradicción y, periódicamente, cuando la vida da tregua y las acciones no son necesarias, la mente hace de las suyas. Abrid las cabecitas de quienes os rodean y encontraréis pensamientos cien veces más turbios, acciones más esquinadas, torturas más punzantes. No hay nada más amargo que comprender que, en un momento dado, cualquier decisión supondrá algún tipo de tortura para uno y de daño para alguien. Que, da igual lo que se haga, nunca se hará del todo lo correcto y uno tendrá que vivir con ello.
Espero no tener que volver a pasar por algo semejante jamás pero, si lo hago, me lo comeré yo sólo. Porque cuando algo se dice, dicho queda; cuando algo se hace, hecho queda y, entonces, una persona cabal debe defenderlo hasta el final, pues influye para bien o para mal en los demás, y generalmente hace daño a quien menos lo merece. Una tumba: eso debería haber sido aquel 11 de Julio. Masticar y tragar. Actuar sólo cuando la seguridad de las decisiones hubiera estado totalmente clara tanto en mi corazón como en mi cabeza. Y, si dicha seguridad hubiera llegado, entonces sí: actuar con toda el alma, directo, sin titubeos, sin atormentamiento, como si en ese momento eso fuera lo más importante en mi vida. Porque lo fue.
Ahora sólo resta confiar en que el tiempo transforme los errores en comprensión, en naturalidad, en calma, en un algo que se parezca lo más posible al respeto. Tal vez confíe en balde, pero la esperanza es algo tan peligroso como necesario.
A veces me pregunto qué sentirán los demás ante ciertos comportamientos del pasado: ¿Miedo?, ¿Odio?, ¿Desprecio?, ¿Indiferencia?, ¿Un poco de todo? ¿Cómo habrán valorado los demás mis actos? ¿Qué habrán visto en ellos? ¿Habrán podido comprender mis motivaciones, tal vez disculparlas? ¿Habrán podido hacer la autocrítica de ver sus propias contradicciones e hipocresías, que también contribuyeron? La imagen que tengo de mi mismo, ¿estará tan distorsionada como la que veo que tienen muchos otros de si mismos? ¿No seré más que un esclavo de mi subjetividad?
¿Acaso no vale de nada toda mi biografía, todo aquello que mis actos han definido que soy? ¿Todo quedará reducido a un adjetivo, que pretende definirme con la injusticia de una suposición? ¿Quedaré siempre limitado para alguien a los márgenes miserables de una palabra despreciable? ¿No quedó nada bueno de aquello? ¿Realmente alguien habrá dejado de hacer cosas debido a mí, durante tantos años, por una especie de prevención llena de suspicacia? ¿Estaré chiflado sólo yo o alguien más está como una cabra…
? Qué extraño fue todo, no sólo por mi parte. Cuánto habría por hablar, si eso fuera posible.
Sólo tenemos una vida. Una puñetera vida miserable y corta, que no da para equivocarse lo suficiente. Pero, sobre todo, que no da para enmendar los pocos errores realmente fundamentales que uno arrastrará para siempre. Vida, siempre, nada. Tres palabras excesivas que nos acompañan a algunos como peldaños que preludian un pequeño infierno.
A veces se me cuelan palabras que parecen demasiado dramáticas, pero al pensarlas comprendo que realmente no lo son, porque no hacen sino definir la importancia de algo que permanecerá indeleble en el recuerdo. Por ejemplo, la palabra tristeza no consigue en realidad abarcar en toda su amplitud lo que siento:
Tristeza al recordar cuando percibí un aliento en mi nuca y supe que alguien me había dicho, al pasar, unas palabras casi al oído, pero no pude escucharlas debido a la música que oía a todo volumen.
Tristeza al comprender que jamás sabré lo que dijo y que tal vez sea lo que merezco. Si fuera creyente rezaría todos los días pidiendo poder saberlo.
Qué tristeza tan profunda saber que aunque pasen veinte años no podré desprenderme de esta sensación que se pega a la mente de forma tozuda y siniestra.
Somos lo que hacemos, nuestros actos nos definen, sólo ellos son nuestros jueces, pero lo que sentimos tiene vida propia. La mente juega con cartas marcadas y su aliado o su enemigo es siempre el tiempo. Uno debe recordar y tener la certeza de haber hecho lo que debía; luego, la mente se desprende de toda acción y va por libre.
Pero quedarse detenido es un error. Uno debe entender que el tiempo pasa y que, además, lo hace de formas distintas para cada persona. Establece hitos diferentes, crea realidades divergentes, permite avanzar a ritmos distintos. El tiempo puede tender trampas o liberar. Y, como quiera que sea, no importa lo que uno crea merecer de otra persona, porque ésta hará lo que quiera y, frente a eso, poco más se puede hacer salvo no dar más la vara y desaparecer definitivamente, dejando sólo el resquicio de un post anual, en una fecha como ésta.
No volveré a tratar de obtener una explicación, pero estoy seguro de que el tiempo hará su trabajo y, un día cualquiera, alguien demostrará que los seres humanos podemos trascender nuestra condición inmediata, ser más de lo que creemos ser. Entenderá que estamos hechos de una pasta que al final depende tan sólo de nosotros, que construimos con actos sencillos pero reveladores. La sencillez de las palabras conseguirá abrirse paso en un mundo tan superficial, tan inflado de expectativas siniestras, de rencor y de asfixia, donde se prefiere aparentar estupidez a una sofisticación que se identifica con pedantería. Palabras tan simples como, por ejemplo: “ Acepto tus disculpas, discúlpame tú también a mí. Yo también deseo que seas feliz. Te daré una explicación ”.
Estoy incapacitado para rendirme. Jamás lo he hecho. Jamás lo haré. Pero como no debo hacer nada más, simplemente sé que un día el destino (esa cosa mentirosa que los poetas reclaman y los científicos niegan, en la que no creo pero en la que confío, con amarga contradicción) hará que todo encaje. No importa los años que pasen, no importa lo que suceda, no importa que haya mil silencios, mil bloqueos, mil cambios de estado, no importa que mil rastros quieran hacerme desistir, no importa nada: nunca dejaré de confiar, como el idealista incorregible que soy, en que las palabras existen para mejorarnos y que, al final, lo harán, espontáneamente, sin forzarlas. Que, en la vida, con toda su mediocre carga de superficiales infiernos diarios, hay que aferrarse al recuerdo de los esporádicos seres humanos que nos han hecho percibir lo extraordinario de la existencia, olvidarnos de rencores, quedarnos sólo con lo bueno y comunicarles, sin vergüenza, lo importantes que han sido para nuestras vidas, cómo han imbuido en nosotros algo que desconocíamos, algo más preciado que ninguna posesión material y que nos acompañará, atesorado en el pecho, el resto de nuestra vida.
Porque, si no ¿Qué cuernos significa todo esto? ¿Qué sentido tiene toda esta burocracia diaria? ¿Asistir a conversaciones y a sentimientos superficiales, a un constante decir lo que se espera, lo que se necesita para no sobrepasar la epidérmica dosis cotidiana de realidad banal? La vida debe ser algo más que permanecer . No dejaré nunca de pelear para que tenga un sentido que trascienda el chiste fácil, la palmada en la espalda, la frase hecha tan inocente como venenosa y vacía; aunque sepa, secretamente, que es una batalla perdida o que, posiblemente, a los demás les resulta indiferente toda esta palabrería y se parten de risa a mi costa.
Pero eso me importa muy poco: el tiempo hará que casi todo, a excepción del rastro imborrable de unas pocas personas y actos, sea humo, una sombra, la nada, que acabará por esfumarse sin atarear a nadie, como debe ser.
Pero ahora hay que seguir avanzando y deseo que tú también lo hagas, siempre para mejor. Sobre todo, deseo que realmente lo merezcas.
Y también sigo deseando, como siempre, que seas feliz.
July 8th, 2010
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