‘El Corazón de las tinieblas’, de Joseph Conrad: El relato más intenso de la historia

Creo que ésa fue la definición que Borges le dedicó: “El cuento más intenso que nunca he leído”, escribió. Teniendo en cuenta que Borges leyó en vida casi todo, y leyó bien, la definición no podría ser más sentenciosa y halagadora.

Yo he leído un millón de libros menos que Borges, pero mi humilde opinión coincide con la suya. Después de las primeras frases de “El Corazón de las Tinieblas” uno asiste, cada vez más sobresaltado, a la presencia, dentro suyo, de la sensación inefable de que algo está a punto de pasar. De que algo está pasando y surte hielo. De que con cada milla que el barco avanza, penetrando en la incivilizada selva, algo denso y grumoso se deja atrás, dejando paso a la sencilla y plástica definición del horror (ese horror que tan bien definió Coppola en ‘Apocalypse now’). De que lo definible se abandona con la acumulación de palabras del relato y que pronto alcanzaremos a sentir, mientras leemos, cómo llegamos a la animalidad.

Creo que toda crítica honesta de este libro debe abandonar la esperanza de la concreción. Para honrar a Conrad hay que dejarse llevar por el torrente de la conciencia y no explicitar demasiado, abordando la prosa de la misma forma que un poema: tratando de instalar emociones a fuerza de usar palabras indirectas, avanzando por el río de las frases hasta comprender que acabaremos por llegar al centro de nuestra inconsciencia, y que lo haremos transformados.

El río es la búsqueda pero también el inevitable transporte hacia la corrupción. Marlow es nuestra inocencia pero también nuestra hipocresía. Kurtz es nuestra franqueza y también nuestra maldad. Kurtz es la inteligencia y la libertad, pero también la liberación que acarrea el horror.

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‘El viento ligero en Parma’ de Enrique Vila-Matas: La ironía que fluye

Algunas escrituras fluyen. El estilo de ciertos autores fluye con una suerte de inefable gracia, como engrasados por el aceite de la facilidad, evocando en quien lee esa cualidad que Italo Calvino recomendaba como una de sus “Propuestas para el próximo milenio”: la levedad.

La escritura de Vila-Matas lleva engrasándose con dicho aceite durante muchos años y muchos libros. Su propuesta casi surrealista y un poco estrafalaria se dedica a recubrir de cierto gusto mediterráneo una manera típicamente europea (Anglosajona, pero también centroeuropea. Raramente francesa, salvo que hablemos de Houellebecq. Definitivamente NO española) de abordar un libro. Los americanos poseen humor, pero no siempre ironía. Vila-matas la usa para lo que ha sido concebida: para aparentar.

Aparentar ser peor, más absurdo, más arbitrario, y esconder ese motor de dignidad y sabiduría que la auténtica levedad contiene. Lo leve -entendido como Calvino lo entendía-, no aporta superficialidad, sino que tan sólo esconde la profundidad bajo una capa de sencillez. Borges sabía, casi había inventado, la manera de narrar con esa fácil complejidad que el genio otorga, contando una historia como si no la comprendiera muy bien, instalando sospechas antes que certidumbres.

Vila-Matas escribe en minúsculas. Como ayudándonos a tragar una medicina sin apenas darnos cuenta y que, incorporada a nosotros, se expande. La sutil norma de su vocabulario contiene elegancia y elipsis. Como los bufones, dice apenas, pero dice más de lo que parece. Escondido en un anaquel de la Fnac en la sección de ensayo, el libro de tapas marrones, tan poco atractivas como un recurso judicial, parece decir: “Descúbreme, si te apetece; a mi no me importa demasiado si lo haces o no”

Todo libro es una amalgama de palabras que condicionan un pensamiento. Los mejores no acotan dichos condicionantes ni en un millón de lecturas. Abren en vez de cerrar, deslizan antes que arrastrar: fluyen.

El Viento ligero en Parma fluye, y lo hace sin desembocar en nada, como debe ser. Gombrowicz, Tabucchi y Bolaño son relatados como quien escribe una nota a pie de página en un libro infantil: con irónica seriedad. Revela que somos pequeños y se ríe por ello. Mezcla su biografía con la de sus escritores preferidos como quien prepara un Ginger Ale. Y se deja clasificar ante quienes no saben cómo llamar a lo que escribe: novela, ensayo o autobiografía. Montaigne no lo hubiera tenido tan difícil pero ni a Montaigne ni a Vila Matas les hubiera importado lo más mínimo. Creo que habrían sonreído y habrían seguido engrasando su deliciosa maquinaria.

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‘Las Benévolas’ de Jonathan Littell - El ser humano y la Nada

La guerra es la gran definidora. Coloca a un personaje en medio de una guerra y será quien es. El peor de los escenarios cumple su cometido desenmascarador. Aquél que en tiempo de paz acaricia la cabeza de un niño y respeta las normas de convivencia se convierte, catalizado por el horror, en un asesino o en un salvador. La heroicidad y la barbarie conviven en nosotros, y la historia nos revela, con una turbadora sensacion de aleatoriedad, que no hay rasgos distintivos que nos permitan conocer de antemano si seremos una cosa u otra. Seremos lo que nuestro recóndito paraíso o infierno requiera, rehuiremos la mediocridad que la comodidad nos confiere. Seremos paisajes complejos de horror o de excelsa generosidad. Podremos darnos por contentos si logramos que el extremo de nuestra naturaleza, sea ésta cual sea, no prevalezca. Si logramos ser, al menos, impasibles cuando la vida viene a cobrarnos su cuota de tragedia. A fin de cuentas, en eso y no en otra cosa consiste ser civilizados.

Littel lo sabe. Ha vivido durante años a pie de calle, conviviendo con psicópatas manchados por crímenes de guerra y conoce la sutil mediocridad que la paz instala en un asesino, esa máscara de perturbadora grisura. Comprende que no somos lo que decimos, ni lo que demostramos en momentos calmos, sino aquéllo que no podemos evitar ser cuando las circunstancias nos arrastran. Al situar a un culto y refinado ser humano en el peor de los escenarios posibles, allí donde sus límites éticos son puestos a prueba y aniquilados, trata de establecer la discusión: ¿Sabemos quienes somos? ¿Sabemos quienes son aquéllos que nos rodean?

Maximilien Aue no es un psicópata: conserva el rastro de un tenue hilo de conciencia que se le aparece con sistemática regularidad en forma de náusea. La náusea es la somatización de un rechazo moral o intelectual. Antes de Ucrania y, sobre todo, de Stalingrado, Aue es una persona que alberga secretos pero que admira, ama a su manera fría y pequeña, comprende dónde radica el límite entre bondad y maldad. Es frío pero aspira a una cierta justicia. Oculta su homosexualidad dentro de la gran hipocresía de la moral nazi, pero posee el bagaje intelectual para construir alrededor de las teorías nazis un rastro de explicación coherente. No es tan estúpido como para no comprender la final banalidad de toda teoría que trate de explicar al mundo y aprecia a un puñado de personas pese a su lucha por anestesiar todo sentimiento.

Luego la guerra viene y lo derriba. La guerra, pese a ello, no es la culpable, sino la reveladora. No sólo transforma, sino que desenmascara. Otros en su lugar resisten su embate y no se dejan embrutecer. La novela de Littel no juzga, no se adhiere, sólo testimonia la nada cuando el ser humano se deja llevar a la nada. No postula una teoría moral, ni siquiera se regodea en los hechos macabros, sino que elabora una descripción que espera ser interpretada con total anestesia.

Los nazis de la novela no son en su mayoría amantes de la violencia y el sadismo, sólo poseedores de unas ideas que han racionalizado hasta elevarlas a la categoría de verdad, y en ello radica lo aterrador: alejados todos de la emoción, de lo sublime, de lo patético, se transforman en mutantes deterministas que hacen lo que deben hacer sin regodeo pero con total “destino”. No les gusta matar pero lo hacen. No son asesinos en serie que eyaculan con cada tiro que descerrajan en la cabeza de un niño judío, sino seres alienados por su propia inteligencia, hordas de intelectuales que perpetran el horror porque están convencidos de que así debe hacerse, de que su “pathos” se lo reclama. Forjadores de la Nada. Maestros de la repulsa a todo lo que la humanidad se ha dado de bueno.

Por todo ello, al conseguir expresar con tanta eficacia el desdén por lo que nos hace humanos, Littel ha escrito la obra más desoladora que he leído nunca. Creo que es una obra maestra. Produce una sensación de honrada verdad eléctrica. Nos deshiela, nos hace aborrecer aún más la basura que el mundo contemporáneo publica. Nos hace constatar que tú y yo nunca sabremos del todo quiénes somos.

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Sin Destino, de Imre Kertész: La impasibilidad del Horror

El verdadero horror es banal. Todo aquel que trata de hacer demasiado explícito un hecho espantoso, de rodear con demasiados adjetivos el relato de un espanto, pasa a resultar, con razón, sospechoso, porque todo aquel que haya vivido el horror entiende que debe rebajar -y no aumentar- la cadencia e intensidad de su relato, si su pretensión es ceñirlo a lo humanamente comprensible.

Por eso Imre Kertesz, de manera desveladoramente similar a Primo Levi , describe con aparente frialdad el descenso hacia el sufrimiento y el vacío total. Nos transmite con cadencia despreocupada la ignorancia inocente de un adolescente judío húngaro que no entiende nada, incluso cuando la evidencia del horror se cierne sobre él.

Estoy seguro de que el Imre Kertesz que vivió la experiencia real lo hizo con mucha menor ingenuidad y, por ello, con mucho mayor sufrimiento; pero el Imre Kertesz escritor tal vez sí haya comprendido la efectividad de mostrar con aparente impasibilidad el deterioro no sólo físico y psicológico, sino moral; el descenso al infierno no sólo del cuerpo y la mente, sino de la ética y las convicciones.

Todo aquél que ha pasado por un campo de concentración muestra tres tendencias: aversión a contarle a nadie su experiencia; a la vez, y a la larga, necesidad de reflejar en su justa medida el horror padecido; y, por fin, una inmensa sensación de impotencia, de no poseer el vocabulario ni la técnica suficiente para acercarse a la sima y relatarla.

Kertesz se ha quedado, como tantos otros supervivientes del holocausto, suspendido en dicha sima, incapaz de arrojarse definitivamente a ella (como sí hizo Primo Levi), ni tampoco de alejarse; suspendido para siempre en el intento de comprender y asimilar el horror, ferozmente consciente de ser incapaz de conseguirlo.

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La Metamorfosis, de Franz Kafka: El Libro del SIglo XX

Una mañana desperté sobre mi espalda, la mirada fija en el techo amarronado, convertido en otro lector de la Metamorfosis. Otra K. que añadir a mis lecturas, y Kafka presidiendo el triunvirato de los mejores, junto con Borges y Nabokov.

Lo leí con veintipocos, tras haberlo rondado durante años y haber asistido remolón a sus tapas blandas, presididas por el dibujo de un repugnante escarabajo. Recuerdo haberme resistido a su lectura, atenazado por mis prejuicios, hasta que un día abrí el libro y no tardé más que una frase en quedar atrapado por la angustia tragicómica del absurdo kafkiano: La tuberculosis del estilo, el espíritu centroeuropeo del humor ridículo, la enfermedad lúcida de la inteligencia surreal, la marcha forzada hacia un destino que congela la risa alienada en el rostro: eso es el siglo XX, y Kafka es su testaferro.

Los genios se reconocen entre la mediocridad oscura. Borges comprendió que Kafka había partido en dos la historia de la literatura, y había llegado a tiempo de devenir ‘Kafkianos’ hasta a sus antecesores (Hawthorne, Melville), todos ellos anglosajones, por supuesto, como el propio Borges, Inglés de Buenos Aires.

La metamorfosis es un chiste contado por la muerte.

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Plataforma, de Michel Houellebecq: Lucidez desesperada.

¿A quien puede gustarle Houllebecq? ¿Tal vez a quienes han sufrido el desamor? ¿A quienes intuyen que el mundo se precipita hacia una ausencia total de utilidad de la inteligencia? ¿A quien sospecha que la alienación del sexo es la última frontera por la cual podremos ser manipulados?

Me levanto, cojo el metro, huelo a cinco personas que se apretujan contra mí, soy olido por otras tantas mientras comprendo que el progreso no es lo mismo que la evolución tecnológica, soy asaltado por veinte anuncios diarios en los cuales seres mitológicos de físicos imposibles me devuelven una imagen distorsionada de la humanidad… cada día veo mi campo de batalla ampliado en nuevos límites imposibles que me hacen darme cuenta de que no sólo todo carece de sentido, sino que van a cobrarme por ello.

Tras una telenovela, una Salsa Rosa con seres repugnantes insultándose a cambio de dinero, un nuevo best seller dedicado a dármelas con queso y recaudarme neuronas, comprendo a Houllebecq -soy Houellebecq- y me digo: A pesar de su frialdad y su aprente cinismo no hace sino decir con precisión y sobriedad lo que muchos intuimos. Y en este libro describe el amor, sí, el amor, y lo hace con humanidad, ternura, delicadeza, resaltando la presencia de una mujer que encarna una bondad casi imposible, la tabla de salvación frente a un mundo habitado por animales.

¿Machista? La señorita que ha criticado este libro en linkara.com empleando una sorprendente economía de letras (’que’ se escribe con una q, una u y una e), se merece creerlo machista. Ojalá su vida siga siendo tan feliz como para no comprender la desesperación que destila, la sobriedad deslumbrante con que la certifica.

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Lolita, de Vladimir Nabokov: Fuego de mis entrañas

Lo-li-ta. Sí, es verdad, la lengua emprende un recorrido juguetón por dentro de la boca y toquetea la cara oculta de los dientes con fruición. Y sin embargo Nabokov miente, miente, miente, pero lo hace tan bien, consigue abarrotar de tantas palabras con sentido sus frases largas y duraderas sin caer en el barroquismo estéril, que llegamos a odiar el minimalismo, por mucho que nos guste. Consigue convencernos de que son necesarios tantos fuegos artificiales, tantas alusiones y riqueza verbal para comprender la esencia de su literatura, porque en Nabokov, la forma ES la esencia.

Lolita perdura en la memoria como esa chiquilla que creemos haber conocido en algún momento de nuestra vida, cuando tratábamos de jugar a la pelota y, a la vez, comenzábamos a no saber qué hacer con eso que nos atenazaba la ingle al contemplarla y constatar que su mirada no era la de una niña ni la de una mujer, sino la de una monstruosidad entre dos aguas, un vislumbre nínfulo y bífido.

Dentro de unos años se abrirán los archivos que Nabokov depositó en un arcón, y estoy seguro de que, al abrirlos, leeremos algo como esto: “¿Os creíais que iba a confesar alguna turbia identificación con H.H? ¿Acaso pensabais que la delegación vienesa estaría por fin invitada a mi decapitación? H.H no soy yo, para que conste.”

Creo que ésa será la broma final de uno de los mayores bromistas de la literatura.

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Promesas del Este, de David Cronenberg: Shakespeare en Ruso

Después de muchas películas llenas de experimentaciones, todas ellas respetables, a veces acertadas y a veces molestas, Cronenberg parece haber redescubierto las bondades de una manera “clásica” de rodar. Alejado esta vez de las fantasías en el guión y la puesta en escena, consigue realizar una soberbia película en la cual vuelve a ponerse de manifiesto la importancia de un guión excelente, de una puesta en escena adecuada a la trama, de unos actores magníficos.

Todo encaja con sobriedad y sencillez en una historia en la que los matices y los diálogos sutiles revelan con elíptica elegancia lo que otras, en tres horas de mucha aparatosidad no consiguen ni arañar. En apenas hora y media la maldad, la bondad, la hipocresía, la traición, las relaciones paterno-filiales, la envidia y el amor se condensan con implícita precisión. Las historia de gangsteres sirven de maravilla como epítomes de la vida misma, a escala mucho más dramática de la que a la mayoría nos ha tocado vivir, aumentando las emociones genéricas para poder explicarlas con mayor intensidad: En una historia poblada por policías y criminales es donde se condensan todos los avatares de la vida, y en donde se reproduce, de manera más descarnada y directa, la lucha entre el bien y el mal, el tema ético por excelencia de la literatura, del arte, de la vida. El empleo de Lo Ruso en la historia me parece un simple pretexto, una excusa que se explica por lo explícito y brutal de los métodos de esa Mafia, por su estéticamente atractivo mundo de reglas tatuadas y secretismo. Por ser un mundo de criminales que, irónicamente, deben someterse a unas reglas sin las cuales no parecen poder definirse.

Armin Mueller está glorioso como el psicópata y encantador capo cuyo interior es un cenagal de odio y violencia. Viggo Mortensen demuestra cómo atenazar una emoción con tres músculos, cómo tensar un estado de ánimo con sugerencias, sin espasmos. Naomi Watts cumple sin problemas con un papel no excesivamente complicado para su gran talento, y Vincent Cassel consigue, de forma inesperada, sacar adelante un papel muy complicado: la de un niñato malcriado por un sangriento Rey Shakespeareano que no ha depositado en él cariño sino esperanzas de perpetuación, y lo ha convertido en alguien cruel sin convicción, arbitrario por necesidad, inmoral sin dotes para ello. La escena en que solloza a los pies del agua, mientras pide perdon al bebé que le han encargado que mate, revela la profundidad de un ser que se ve atrapado entre sus instintos éticos y la necesidad del mundo brutal en que ha nacido. En realidad, es éste el personaje más interesante de toda la trama, la típica pieza secundaria que, de haber faltado, haría desequilibrar todo el entramado de la historia, y que se revela catalizadora de todos los demás. Vincent Cassel, desde luego, ha salido airoso de la prueba.

Las películas, mucho más que los libros, deben visitarse periódicamente. La visión en un cine nos asalta y nos priva de la objetividad necesaria para asimilar en su justa medida todo lo que han postrado ante nosotros. Ayer esta película me gustó mucho, y espero que siga haciéndolo con el paso del tiempo, y que este temeroso ocho con que la puntúo se certifique o incluso crezca. Su final me pareció sombría y ambiguamente adecuado a la definición del resto de la película, a la definición del resto del cine de Cronenberg. Uno de estos cineastas que siguen cayéndote bien incluso aunque algunas de sus películas te repateen (No puedo con “Crash”, por mucho que proceda del relato de un escritor tan angustioso y original como Ballard).

La violencia, esa recurrente violencia de Cronenberg, personaje que lo infecta todo en sus historias, es en realidad una explosión de sinceridad, uno de los pocos momentos en que el hombre aparta por completo la hipocresía y actúa sin mentir. Por eso la escena de la sauna, con Viggo Mortensen desnudo, luchando por su vida, todo puños y tinta de tatuajes es tan bella: es cruda, brutal y sucede. Podemos estar seguros de que sucede con natural regularidad en este mundo nuestro poblado, mandado, por capos.

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Annie Hall, de Woody Allen: Tu sí que sabes, Woody

Piensas en Eisenstein y te dan ganas de levantarte y decir “Sí, señor”. En Kubrick y querrías estar bien peinado, por si le da por aparecer y te cachea el cerebro. Pero piensas en Woody y lo haces tuteándolo, porque Woody es de los nuestros. Sí, ya sabes, de la mayoría: los que alguna vez hemos carraspeado ante una chica y aleteado con los párpados como gorrioncillos asustados, los que hemos depositado litros de adolescente sudor ante alguien que miraba a otro muchacho por encima de nuestro hombro…

Es de los nuestros porque todos hemos perdido. No importa que no seamos bajos ni feos, pero en algún momento, todos, hemos perdido, así que somos fieles adeptos a su religión atea e irónica.

Antes de Annie Hall, woody era una fábrica de chistes. Intelectuales, pero chistes. Con Annie Hall consigue la redondez de una comedia, que es mucho más difícil de redondear que una película dramática, y planta frases apoteósicas:

Cuando Annie le llama para que vaya a su casa a matar un bicho que se ha instalado en la bañera, él aparece armado con una raqueta y la emprende a golpes. Sale y se la encuentra llorando:

-¿Que te pasa?, ¿Por qué lloras?, ¿Por la cucaracha?, ¿Qué querías, que la capturara y la rehabilitara?

En una fiesta de Hollywood, su amigo, un productor podrido de dinero le presenta a una joven.

-¿Y tú quien eres? - le pregunta.

-¿Yo? - dice woody - Soy su probador de venenos.

Flashbacks constantes, un baile de ex-esposas y de acontecimientos que se cruzan en el tiempo. Separaciones y reconciliaciones, neurosis, psiquiatras y pedantes seudointelectuales calados, retratados y ridiculizados, neoyorkinos demasiado conscientes de su inteligencia e imposibilitados para aplicarla a sus emociones, fobias e hipocondrias, Dios, el sexo y la muerte.

Lo de siempre, pero contado como nunca.

Tu sí que sabes, Woody…

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300, de Zach Snyder: Exagerada, barroca y muy entretenida

Incluso antes de ver la película estaba seguro de adivinar los titulares que los críticos sesudos le dedicarían: “Abigarrado y fallido ejemplo de cine comercial hollywoodiense que subvierte las claves del peplum hasta convertirlo en un aparatoso…” y bla, bla, bla. Verborrea de pedantes.

Pero lo cierto es que 300 recrea un cómic de Frank Miller que es, por definición, grotesco, exagerado, sangriento y barroco. Y en esa recreación se emplea la técnica exquisita que compra el dinero de Hollywood, y se logra una ambientación perfecta, una puesta en escena oscura y adecuada al tono de la película, una fotografía excelente y unos efectos especiales que dan lo que uno, salvo que sea un ingenuo, espera recibir al pagar la entrada: espectáculo. Entretenimiento del bueno.

Desde luego yo no me sentí engañado. No esperaba salir del cine convencido de haber descifrado el insondable y profundo drama del alma humana, sino pasar un buen rato asistiendo a lo que la vida no me ofrece: semidioses de perfecta musculatura enzarzados en luchas épicas y maniqueas, planos esteticistas pero muy bien ensamblados, peleas con monstruos mitológicos, malos malisimos y héroes , caricaturas divertidas y mucha sangre. Y vaya, eso fue lo que me ofreció la película. Ni más ni menos.

Los actores, mejores de lo esperado, y la sensación de haber empleado el dinero en un entretenimiento honesto, en vez de un dramón con ínfulas de grandeza, que pretende ser “El Apartamento” cuando no alcanza a la categoría de chabola.

Volveré a verla en DVD en cuanto salga, una de esas noches en las que apetece quedarse en casa con tu pareja, tomarse una pizza y una coca-cola, dejar de pensar y disfrutar de eso tan estupendo llamado cine.

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