Adjetivos y adverbios

Los adjetivos y los adverbios en los textos escritos son una cura o un veneno, y su diferencia de acción sólo radica en la dosis.

La vida tiene también algo parecido, una cura que en exceso es veneno y que intentaré explicaros en este artículo.

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Hace años este blog que leéis era distinto. Por entonces escribía acerca de temas muy variados, pero el denominador común que compartían buena parte de los artículos era la necesidad de demostrar que sabía escribir “bien”.

Las comillas son ahí muy necesarias, porque no reflejan algo absoluto sino relativo, subjetivo.

Pero hay algo objetivo que sí podemos decir al respecto: escribir “bien” siempre implica

  1. Conseguir contar con eficacia y eficiencia una historia.
  2. Usar el lenguaje para construir algo bello.

Eso significa que la sencillez puede ser más efectiva y hasta bella que el barroquismo, y que los adjetivos (y los adverbios) son armas de doble filo: bien usados, como pinceladas sutiles, colaboran; mal usados, algo que suele coincidir con su empleo excesivo, conducen al lector a un callejón sin salida donde sólo parece importar la visión de quien escribe y no la de quien lee.

En literatura hay tal vez tres formas de usar los adjetivos y los adverbios:

  1. Como si fueran bombas de las que hay que alejarse lo máximo posible, como tal vez pensaba Oscar Wilde, cuyo estilo es engañosamente sencillo.
  2. Como si fueran alimentos ricos pero insanos, que hay que usar sólo como un homenaje en situaciones especiales, como tal vez pensaba Borges, cuyo estilo es sobrio pero ocasionalmente coronado por un uso original y sorpresivo.
  3. De forma temeraria, con la autoconfianza del que sabe que podrá convertir el veneno en cura gracias a la exuberancia de su talento, como tal vez pensaba Vladimir Nabokov, cuyo estilo es barroco sin caer en la ornamentación excesiva o en los fuegos artificiales huecos: todo en él parece esencial, aunque en realidad no lo sea.

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Pues bien, releo lo que yo escribía por entonces en este blog y siento el picor de la vergüenza.

De esos textos que, afortunadamente, ya no son públicos, sólo me gustan los humorísticos, donde las frases son cortas y sugerentes. Los textos “serios” me producen también risa, pero nerviosa: algunos están recargados de adjetivos y cometen un gran pecado: la sobreexplicación.

Explicar de más implica no confiar en los propios recursos ni en los de quien lee y el resultado es una acumulación de palabras, no un texto. Algunos de esos escritos respondían a una necesidad privada de comunicar cosas tan difíciles de explicar que la retórica solía sustituir a la sencillez.

Contar una historia sólo será posible si sabes bien de lo que hablas. Por eso en el blog del cáncer, y a pesar de la cantidad enorme de palabras que empleo, puedo desarrollar los conceptos con cierta claridad. El tema es muy complejo, pero explicable con objetividad.

Pero cuando uno no comprende del todo lo que quiere expresar, la necesidad de sugerir con ambigüedad induce el temor de ser malinterpretado y conduce a una exuberancia que puede ser perjudicial.

Entender, entenderse, comprender al otro a un nivel diferente del que ofrecen los datos objetivos es tarea del escritor, sobre todo del poeta. La sugerencia, la metáfora y la intuición sustituyen al análisis racional, y las herramientas verbales que emplean son muy diferentes.

La comprensión en un blog como el del cáncer se demuestra sólo con usar la “extensión”, pero la comprensión en uno como éste, donde intento hablaros de “la vida” debo usar la “compresión”.

Comprimir implica usar lenguaje metafórico, que requiere armas mentales bien distintas a las simplemente descriptivas, y debéis estar preparadas para lidiar con esos cambios constantes si queréis comprender el mundo en toda su amplia manifestación: analítica y humana.

Puede parecer que me preocupo en exceso por algo nimio, pero entender el mundo y a los seres humanos que lo habitan será vuestra principal ocupación durante buena parte de vuestra vida. Entender a los individuos os permitirá relacionaros con mayor sabiduría, y ahí el lenguaje metafórico os ayudará. Entender las agrupaciones de personas os permitirá sortear las manipulaciones que las masas organizadas producen y ahí la reflexión analítica os será de utilidad.

Si hacemos una analogía entre la vida y el lenguaje vemos que tanto el exceso como la ausencia de “adjetivos y adverbios” también son perjudiciales para ir por el mundo.

Llamo “adjetivo”, relacionado con la vida real, a toda demostración afectiva. Su ausencia impide construir relaciones; su exceso las ahoga. Y llamo “adverbio” relacionado con la vida real a un hecho altruista. Su ausencia impide relacionarse de forma auténtica. Su exceso nos anula y nos deja al albur de los manipuladores y los narcisistas.

Saber cuándo usar “adjetivos” y “adverbios” nos permitirá construir una obra de arte vital similar a una obra literaria consistente, y relatar nuestra vida con sencillez pero con hondura. Haremos de nuestra vida un lugar acogedor para los demás y a la vez nos haremos respetar.

Autocontrol, confianza en uno mismo, calidez humana sin excesos emocionales, coherencia, responsabilidad y creatividad se aposentan en colorear emociones y actos de forma precisa y adecuada. Eso es vivir. Y es tanto un arte intuitivo como un proceso reflexivo y analítico.

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