Misticismo y ciencia (I)

Tal vez artículos como éste sean excesivamente intelectuales para vosotras, pero me niego a consideraros incapaces de reflexionar sobre estos temas y seguramente tendréis 13 o 14 años cuando podáis comprenderlos plenamente. En otros artículos hablaré de otras cosas más personales, más emocionales, más lúdicas, pero dejadme que deje por escrito algo de extraordinaria importancia, que puede afectar a cómo abordáis vuestra vida.

A los 8 años dejé de ir a misa con mis padres, aduciendo que “me calentaba la cabeza”. Lo decía en sentido literal (juro que la cabeza me ardía), pero también figurado, porque la plasta de la media hora de cháchara era abrumadora: aburrida, incoherente, vacía.

Estudié en un colegio privado que por entonces era bastante conservador y todos mis amigos hicieron la confirmación, salvo yo, que estaba convencido de que eso era una estupidez, así que entré en la adolescencia portando algo que podría llamarse Ateísmo.

Todo aquel que haya llegado a la misma conclusión tal vez haya sido alérgico igualmente a cualquier manifestación de espiritualidad o misticismo, estableciendo un paralelismo que es, si uno reflexiona y conoce, muy injusto y muy poco informado: religiosidad y espiritualidad tienen poco en común y, a veces, no es posible compatibilizar ambas.

Ha tenido que fallecer vuestra madre para que la reflexión haya sido más profunda y haya llegado a las mismas conclusiones que otros hombres mucho más inteligentes. Einstein, Schrodinger y otros genios de la física fueron grandes místicos. Nada que ver con las afirmaciones de hormigas del twitter con un título en ciencias puras, que expectoran, con el orgullo de los mediocres: “un científico que se precie no puede ser creyente” ¿En serio? No me digas.

Lo primero que ese aparente axioma establece es un término demasiado amplio e inespecífico porque, ¿qué significa ser creyente? Hay que entender, en primer lugar, que hay dos tipos de relato “religioso”: el exotérico y el esotérico.

El relato exotérico establece normas e interpretaciones literales de un fenómeno más amplio; estipula reglas sencillas de aplicar que traducen determinadas enseñanzas relacionadas con lo moral y procedentes de algo no material, suprahumano. Por ejemplo, todas las religiones crstianas, basadas en islam y judía creen en el mismo Dios (esto es algo que no todo el mundo sabe), pero imponen “normativas” y relatos muy diferentes en base a esa creencia básica: para los cristianos Jesucristo era Dios, mientras que para los mahometanos sólo un profeta más, y es Mahoma el principal ‘enviado’ de Allah (de Dios); para el Islam la Biblia es también sagrada, pero para los cristianos el Corán sólo es otro libro; tanto el islam como el judaísmo reconocen a Abraham como el primer profeta, pero los ritos y conocimientos a partir de los cuales explicar las manifestaciones terrenales de cada religión no pueden ser más diferentes. Por esas razones superficiales y basadas en ritos se han iniciado guerras que han durado milenios, que aún perduran y cuyos lodos absurdos arrastramos y arrastraremos.

Pero el esotérico es otro cantar: es la espiritualidad, el concepto básico que subyace en todas las religiones y que es COMÚN en todas ellas, sea cual sea. Cristianos, hindúes, judíos, chiíes, suníes, budistas, animistas, cualquier creencia basa sus principios en universales relacionados con la espiritualidad que tiene algo de liberación psicológica, de elevación a niveles de conciencia diferentes al que habitualmente estamos atados.

Lo exotérico es el aditamento cultural, el ropaje formal del común esotérico. Lo exotérico está ligado a la realidad y es diferente en cada religión. Lo esotérico es común en cada religión y está ligado a la posibilidad ideal del ser, y es así porque se enfoca en lo que hay de común en todos los seres humanos, nuestro bagaje más pesado, el que procede de nuestra conciencia del paso del tiempo y de la mortalidad: quiénes somos, adónde vamos, hay algo más después de la muerte, cómo debo vivir. Tiene un componente psicológico y por esa razón las neurociencias se han atareado en numerosas ocasiones para localizar las zonas que podían disparar las experiencias místicas, y no es nada extraño que numerosas drogas psicotrópicas formen parte del bagaje del componente esotérico de muchas religiones: psilocibina, mescal, LSD y otras producen cambios de personalidad profundos y duraderos, generalmente positivos, que el público desconoce con ignorancia lastrada de prejuicios y alimentada por la clase dominante, siempre temerosa de toda libertad personal y empoderamiento.

Los cientificistas (científicos mal informados), afirman que todo conocimiento puede y debe proceder de la aplicación sistemática del método científico, que es capaz de determinar los límites de nuestro conocimiento. Ni siquiera Bacon o Hume, unos de los primeros padres del racionalismo que condujo al positivismo abrazarían semejante idea sin matizarla, aunque pronto Newton sentaría las bases para creer que existía una precisa causalidad y que el mundo podía explicarse mediante la observación y un puñado de ecuaciones.

La historia de la filosofía parte de una sopa inicial donde el mundo no estaba compartimentado en diciplinas. No había forma de diferenciar los terrenos que ahora consideramos específicos de teología, física, matemáticas, psicología o filosofía. Aristóteles y Platón enfocaban su discurso de formas muy diferentes, tal vez contrapuestas, con el objetivo de explicar el mundo: ideas y abstracciones, en Platón; física y biología, en Aristóteles, pero sólo eran medios diferentes para fines idénticos: la respuesta a las preguntas que pugnan en nosotros por ser respondidas desde que somos humanos: qué sentido tiene todo esto, adónde iré cuando muera, porqué pienso lo que pienso. Tal vez la historia de la filosofía no sea más que la historia de los intentos del ser humano por lidiar con el efecto secundario de albergar semejante cerebro, uno que nos permite salir al espacio pero también asesinar a millones de personas en pos de aberraciones ideológicas. Un cerebro que nos obliga a “explicar”, bien sea mediante ecuaciones o literaturas.

La separación en disciplinas no es más que la necesidad de lidiar con la acumulación de conocimientos y matices que las generaciones iban imponiendo al devenir reflexivo. La teología y la psicología pasaron a tratar temas diferentes, al parecer inmiscibles, cuando parece evidente que no hay teología que no haya nacido al calor de nuestros condicionantes psicológicos. Y la ciencia, estimulada por el racionalismo del siglo XVII, comenzó a separarse de la teología como una especie de visceral reacción a los dogmas impuestos a fuego por el cristianismo, que la reforma y la contrarreforma no hicieron sino fomentar con su lucha sangrienta: la promesa de una forma objetiva de lidiar con la realidad, que nos librase de las opiniones subjetivas y los dogmatismos brutales, era demasiado bonita como para no abrazarla con esperanza.

Pero el tiempo impone sus matices, y pronto se hizo evidente que el sistema científico proveía medios para simplificar la realidad y manipularla con cierta eficacia, pero no para explicarla con rotundidad. El siglo XX sacó su hacha demoledora cuando dos nuevas teorías irrumpieron con la fuerza de un tornado: relatividad y mecánica cuántica.

La relatividad impuso un nuevo sistema de observación que también se basaba en ecuaciones, pero no sólo en ellas. Todo su aparato teórico descansa en el “simple” hecho de que sólo la velocidad de la luz mantiene constante su velocidad, independientemente del sistema de referencia que se use para medirla. Sólo ella es constante.

Las consecuencias de este hecho son enormes, porque implicaba que dos parámetros hasta entonces considerados invariables, masa y tiempo, dependían de la velocidad relativa (mejor dicho, de la aceleración relativa) del sistema de referencia que los midiera. Y que la masa y la energía eran una misma realidad intercambiable.

No había forma de saber si la hipótesis de Einstein era correcta, por mucho que se sustentara en un aparentemente correcto aparato matemático (aunque algunos se atreven a decir que presenta inconsistencias). No era falsable y, por tanto, estaba fuera del ámbito científico, sólo era una teoría indemostrable. Pero los viajes espaciales y la observación astronómica, que manipulaba distancias, aceleraciones y velocidades hasta entonces inalcanzadas, impusieron la necesidad de cálculos más precisos que los newtonianos y, al aplicar las ecuaciones de Einstein, se comprobó que estas últimas lo eran. Es decir, Newton no había descubierto la representación matemática de la realidad física del movimiento de los objetos, tan sólo una aproximación, que no tenía validez cuando las velocidades y aceleraciones aumentaban considerablemente. Gracias a Einstein se pudo calibrar mejor las observaciones astronómicas y hacer predicciones que se mostraron acertadas.

Por lo tanto, Einstein había dado un golpe en la mesa para alertar de que las normas aparentemente inamovibles de la ciencia, que parecían describir la causalidad, podían ser meras formas humanas de lidiar con algo que nos sobrepasaba.

Pero fue la mecánica cuántica la que terminó por aniquilar cualquier esperanza de certidumbre: de lo infinitamente grande pasamos a lo infinitamente pequeño, y se demostró que era imposible alcanzar la certidumbre de una medición porque la mera observación influía en lo observado: velocidad Y posición de una partícula no podían ser obtenidas de forma exacta a la vez porque debían ser medidas con aparatos que influían en ello. Debía hablarse a partir de entonces de probabilidades estadísticas a la hora de definir estados, lo cual podía conducirnos a paradojas que atentaban contra el aire de certeza que exhalaba el método científico y que tenían un aire de ciencia ficción.

De pronto, la mecánica cuántica introdujo el concepto de límite de lo cognoscible. Que, al menos a medio plazo, las herramientas que nuestro cerebro había pergeñado chocaban contra un muro infranqueable, de forma que se necesitaba una mente más ingenieril que matemática para alcanzar soluciones prácticas: los ingenieros aterrizamos las ecuaciones al barro; lidiamos con la incertidumbre y no damos soluciones exactas sino aproximadas que cumplan un objetico práctico. No construimos entidades ideales sino concreciones útiles.
Incluso la mecánica cuántica seguía las normas clásicas de abordaje de la física, pero cuando aparecieron los fractales de Mandelbrot o las estructuras disipativas de Illia Prygogine y otros, que no era más que el infinito contenido en estructuras finitas y la refutación del tiempo tal y como hasta ahora lo habíamos comprendido; cuando, en definitiva, nos dimos cuenta de que el caos era una realidad omnipresente, todo cambió: la sospecha de incognoscibilidad abría una puerta que yo considero llena de optimismo porque está llena de posibilidades. La puerta de lo desconocido donde puede caber CUALQUIER COSA, INCLUIDO ESO QUE LLAMAN DIOS.

Si no es posible conocer hasta las últimas consecuencias algo, no es posible afirmar nada con rotundidad y, por tanto, es tan absurda cualquier forma específica de religiosidad exotérica, que afirma que SU dios es el verdadero, como el ateísmo cuando afirma con idéntica rotundidad que NO puede existir NINGÚN dios (y que confunde religiosidad, es decir, experiencia exotérica, con misticismo, es decir, experiencia esotérica). No hay otra forma de ser coherente con los conocimientos científicos y con la experiencia mística o religiosa que siendo agnóstico. No hay forma más elevada de escepticismo. Todo lo demás es dogmatismo incluso vestido de antidogmatismo. O personas que confunden religiosidad (normativas terrenales), con misticismo (espiritualidad, espacio para lo incognoscible).

Háblale a un cientificista poco informado de la teoría de las supercuerdas y tal vez se anime a explicarte sus fundamentos, pero luego puedes preguntarle que cómo podemos saber si es cierta o no. La respuesta es que NO podemos, porque es una teoría indemostrable, no falsable, que no podemos someter a un experimento científico para comprobar su veracidad y, por tanto, que está al mismo nivel de tantas pseudociencias que ellos denuncian. La teoría de las supercuerdas es un constructo tan elaborado como el dios de los cristianos y que se basa en un relato articulado que intenta explicar hechos que nos sobrepasan. Es un relato que calma nuestras ansias de saber, mejor dicho, de explicar, pero no una base firme sobre la cual construir nada. Es una historia que contiene la misma demostrabilidad que la resurrección de jesucrito.

La razón chilla al pensar que pueda existir el “más allá” que tantas religiones proclaman, pero entonces recuerdo que en ese espacio donde la ciencia es incapaz de llegar puede haber, literalmente, cualquier cosa, y que “la razón” puede entonces resultar inservible, por no tener herramientas adecuadas para comprender. Decir que un científico no puede ser creyente ni místico es no entender realmente el alcance del método científico, ni cómo la ciencia reconoce sus límites. Lo que sí puede ser más difícil de entender es que un científico sea un fundamentalista religioso, pero sería igualmente fundamentalista si predicara un ateísmo intolerante con cualquier forma de espiritualidad y la considerara sólo propia de ignorantes y estúpidos. Por eso desconfío tanto de Stephen Hawkings y no lo creo comparable en estatura a Einstein.

De pronto la filosofía ha pasado de nuevo a ser una herramienta válida para definir el mundo, y las neurociencias explican el porqué de nuestro deseo de trascendencia. Psicología y filosofía pugnan por definir nuestro destino, y debemos ecucharlas a condición de que elaboren edificios de conocimiento que tengan en cuenta, con humildad, sus límites, lo que seguramente habrá de pseudociencia en ellos, no porque el método empleado sea deficiente sino porque NO puede ser preciso ni aportar certezas.

Tal vez debamos convertirnos en dioses para alcanzar esa precisión.

Tal vez esa sea la definición de dios: el ser de precisión absoluta y, por tanto, inalcanzable.

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